domingo, 1 de agosto de 2010

La primera vez que lo vi no podía creerlo. Me encontraba en un solar lleno de escombros y maquinaria de obra, buscando un gato pequeño escondido en algún rincón. Oía su vocecilla (la misma que había estado oyendo desde la cama durante dos noches seguidas, desesperada pero firme) justo frente a mí, pero por más que miraba no conseguía ver nada. Me llevo casi diez angustiosos minutos, pero al fin logré dar con… bueno, con Moko.
Era tan pequeño que no podía creerlo. Caminaba sobre la maleza sirviéndose de las patas delanteras y medio arrastrando el cuerpo, ya que todavía no podía usar las patas traseras con firmeza. Lo cogí del suelo sin temor alguno, desde luego aquello no podía enseñarme los dientes, si es que los tenía. Y mi sorpresa cuando lo alcé es que su cuerpecillo estaba frío como un témpano. Sabía que si lo encontraba no podría dejarlo allí, pero verlo tan desvalido y tan helado hizo que no me planteara nada más que hacer todo lo posible por salvarlo. Fui hacia el coche y lo envolví en una pequeña manta. Acababa de empezar una odisea que nos tendría ocupados durante unos días. Muy pocos, desafortunadamente.
El primer día fue el de mayor incertidumbre. Era esperable. Moko estaba desesperado por comer y no le bastaba con que le diéramos calor, lógicamente. Tuvimos que comprar leche especial para él, un biberón diminuto y armarnos de paciencia para convencerle de que debía de acostumbrarse a la nueva forma de alimentarse. Las primeras comidas debieron de ser muy desagradables para él, que no sabía cómo ni porqué se le llenaba la boca de una leche con sabor extraño.
Tuvimos que insistir una y otra vez, de muchas formas distintas. Pero Moko no iba a dejarse vencer. No se había pasado dos días revelándose contra su suerte para abandonar a la primera dificultad. Fue el segundo día, con el estómago algo lleno y un poco de sueño reparador, cuando comenzó a aceptar el biberón y a familiarizarse con su nueva vida. Comía poco, porque en cuanto la leche caliente le entraba en el cuerpo le sobrevenía un repentino sueño y poco a poco dejaba de mover las patitas delanteras y de amasar nuestros dedos con sus uñas diminutas. Pero iba avanzando, poco a poco. Nos encargamos de que hiciera sus necesidades frotándole suavemente. Lo limpiamos. Lo tocábamos todo el tiempo que no estuviera dormido. Nos levantábamos por la noche para ver cómo estaba, o para darle de comer.
El tercer día estaba espectacular. Lustroso. Contento. Dormía a pierna suelta, ya empezaba a apuntar maneras en esta habilidad que tienen los gatos para adoptar posturas extrañas mientras duermen. Ronroneaba a menudo, cada vez que sentía nuestras manos o nuestro cuerpo en contacto con el suyo. Nos reconocía, nos lamía con una lengua que parecía de broma.
No sabemos si en algún momento de su corta vida había llegado a ser feliz. Quizá el breve tiempo que estuvo con su madre, que serían unos pocos días a lo sumo; muy pocos. Sin duda, con nosotros pudo conocer el confort, la compañía y el cariño. No mucho tiempo, eso sí, porque el cuarto día apenas comió, se sintió cada vez más débil y finalmente nos dejó. Pero no murió solo ni frío. Incluso en los últimos instantes, cuando ya no tenía fuerzas para vencer lo que fuera que lo mató, seguimos juntos: nosotros con nuestros dedos sobre su cuerpo y él con su pequeña voz en nuestros oídos.

Desde entonces me duele mirar a mi alrededor y no entender muy bien cómo funciona la vida. ¿Qué se necesita para merecer vivir? Desde luego, las ganas de luchar no cuentan. El cariño no sirve. Un futuro prometedor no vale de nada. Sin embargo, el mundo está lleno de seres que viven sin saber lo que es luchar y sin tener ni idea de lo que es el cariño, la generosidad o la gratitud.
Esta pequeña historia demuestra que no puede haber una inteligencia superior detrás de las cosas que pasan en nuestras vidas. Y si la hay, maldita sea.

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